La respuesta de los jóvenes
fue impresionante. Unos 110.000 peregrinos, según los datos oficiales, cruzaron
el mundo para venir a Australia, pese a la subida de las tarifas aéreas y la
enorme distancia desde Europa y América. Muchos procedentes del extranjero
tuvieron que ahorrar durante meses y sufrir veinte o treinta horas de vuelo
hasta Sydney. Y a pesar de informaciones negativas en los medios de comunicación
y el tibio apoyo de muchas escuelas católicas, se les unieron otros 100.000
peregrinos australianos. El último día, en la misa de Benedicto XVI en el
hipódromo de Randwick, se sumaron varios miles más. Y todo sin ningún incidente
de relieve, hecho realmente sorprendente para tal concentración de jóvenes.
Durante los días que
culminaron en la misa conclusiva, se veían jóvenes guardando cola para confesar
y para pasar ratos de oración ante la Eucaristía en las iglesias. Varios miles
recorrieron a pie los 9 kilómetros hasta Randwick pasando por el emblemático
Puente del Puerto -cerrado al tráfico, cosa que sólo había ocurrido otras dos
veces en la historia-, muchos entonando cánticos o rezando el rosario, otros
jugando con un balón o gastando bromas. Algunos exhibían grandes pancartas con
la leyenda 'Queremos a nuestro Pastor Alemán'. Tras la vigilia del
sábado por la noche, los jóvenes se quedaron a dormir en el hipódromo en espera
de la misa del día siguiente. Las confesiones prosiguieron durante toda la
noche y aún la madrugada; la tienda donde estaba expuesto el Santísimo
Sacramento estaba llena de jóvenes rezando.
Lo
asombroso de Benedicto XVI es que un hombre de su edad, tímido, modesto y sin
especial carisma, convenza por su perspicacia, rigor y claridad. Sus discursos
en la Jornada Mundial de la Juventud se movían a un nivel alto. Transmitían
ideas, sin florituras retóricas, e iban directos al corazón del conflicto entre
religión y cultura secularista.
Esta crisis de la ecología social la atribuyó
el Papa a que «la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas
de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay
una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la
práctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la 'experiencia' sea
lo más importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier
consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una
auténtica libertad, sino a una confusión moral o intelectual, a un
debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la
desesperación».
Al dirigirse a los católicos, el Papa hizo
hincapié en la unidad. Sus palabras en la vigilia con los jóvenes ofrecieron
todo un panorama de la teología de la unidad. Aunque pueden haber superado la
capacidad de atención de peregrinos cansados que llevaban velas en la
oscuridad, dio un magistral esbozo del esfuerzo de san Agustín por aferrar el
significado de la Trinidad, la doctrina central del cristianismo. Y lo utilizó
para hacer una llamada a la unidad dentro de la Iglesia.
«¿Qué
dejaréis a la próxima generación?», preguntó en la homilía de la misa
final. «¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis
construyendo algo que durará? ¿Estáis viviendo vuestras vidas de modo que dejéis
espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, rechazarlo incluso
en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que
se os han dado, la 'fuerza' que el Espíritu Santo está ahora dispuesto a
derramar sobre vosotros? ¿Qué herencia dejaréis a los jóvenes que os
sucederán?».
Reconstruir
la Iglesia católica, en Australia como en otras partes, es una empresa ingente.
En los medios de comunicación del país, las protestas de víctimas de abusos
sexuales por parte de sacerdotes casi eclipsaron el exuberante recibimiento
dispensado al Papa. Hubo insistentes demandas de una petición de perdón, y el
Papa la hizo -en Sydney, durante la misa con obispos, seminaristas y novicios-): «Estos delitos, que constituyen una grave traición a la confianza, deben
ser condenados de modo inequívoco. Han provocado gran dolor y han dañado el
testimonio de la Iglesia. (…) Las víctimas deben recibir compasión y
asistencia, y los responsables de estos males deben ser llevados ante la
justicia».